Up Factory | Carlos Uralde

Desde los tiempos más antiguos, el Hombre trató de inmortalizarse a través de estatuas y retratos. 

En nuestro mundo de hoy, el desarrollo de la cosmética y de la cirugía plástica ha potenciado enormemente una industria en torno al culto de la propia imagen. Paralelamente, el perfeccionamiento de la tecnología digital, ha propiciado un exagerado uso de todas estas herramientas para –en definitiva- distorsionar la verdadera esencia que cada humano lleva dentro. Muy al contrario de esa robotización general en la que, ya desde niños, todo el mundo quiere “parecerse a algún famoso”, la naturaleza humana y su posterior desarrollo mundano da como resultado una infinita variedad de irrepetibles caracteres cuya mejor reivindicación sería su genuino sello personal. 

Prácticamente cualquier rostro delata a través de sus componentes (surcos faciales, estructura ósea y muscular, mirada, tipo de piel,...) tanto los aspectos exitosos de nuestra vida, como aquellas experiencias que hayan podido dejarnos alguna amarga huella. Se trata de una inevitable relación de fuerzas con que el destino marca nuestras vidas.

Aunque el dominio de la luz y la óptica, la aplicación de la simetría, la utilización del maquillaje o la destreza en el uso de herramientas digitales (antes era el pincel), permitan a un fotógrafo retratista obtener aceptables resultados “estéticos”, yo me intereso –además- por descubrir aquellas facetas de su identidad que más plenitud supongan para cada individuo. 

Con el poder de la luz, un buen retratista puede convertir en villano al mejor de los arcángeles, o elevar al Olimpo de las diosas a la más humilde Cenicienta. Pero ése es solo el tratamiento del “envoltorio” que cada cual lleva. La importancia del buen retrato está en descubrir lo más exclusivo de cada “esencia” humana. / Carlos Uralde